Al igual que el virus, todos los que difunden mentiras sobre COVID serán extinguidos por la creciente inmunidad colectiva contra la desinformación sistemática, la censura y el control mental.

Extremismos y conspiraciones. Esos son los epítetos asignados a quienes cuestionan la falsa pandemia creada para encerrarnos, privarnos de nuestra libertad de circulación, de expresión y de cuidarnos a nosotros mismos segun nos parezca mejor.

No solo son falsas las cifras de muertes generadas por la aparición del coronavirus, sino que han sido oficialmente corregidas, una y otra vez, luego de que organizaciones de salud fueran descubiertas falsificando la cantidad de muertes por contraer el virus chino. El CDC estadounidense corrigió recientemente sus propias cifras de cientos de miles de muertes supuestamente debidas al coronavirus, a no menos de 10,000. Este escenario se ha repetido en Europa y América Latina.

Marchas contra la pandemia, datos falsos y abusos contra los derechos constitucionales y civiles han aparecido en todo el mundo, desde Berlín hasta Chile, con millones de personas protestando en las calles contra el confinamiento y el uso forzado de máscaras, otra herramienta utilizada para el control mental de las masas ignorantes.

Como hemos profundizado en otros artículos, ni el confinamiento previene el contagio masivo, ni las máscaras protegen a nadie de respirar el virus.

Es por ello que las movilizaciones que correctamente niegan la existencia de la pandemia de coronavirus han cobrado fuerza, demostrando la erosión de la confianza en instituciones políticas, periodísticas y científicas que han estado trabajando horas extras para infundir miedo con datos falsos y falacias pseudocientíficas.

Las mentiras han durado poco. La gente, principalmente en los países en desarrollo, se ha levantado contra la opresión ejercida por los gobiernos, quienes además de socavar sus libertades han presidido la destrucción masiva de las economías y la vida de sus ciudadanos.

Quienes protestan en las calles son tildados de conspiradores y extremistas por el simple hecho de cuestionar la versión oficial, que no tiene base científica. Pero los ataques contra quienes cuestionan esa versión oficial no se limitan a personas que salen a las calles a protestar.

Los médicos de todos los países afectados por el virus chino han sido censurados por detallar el verdadero alcance del virus, los tratamientos efectivos y por confrontar a las autoridades por sus múltiples mentiras sobre las tasas de mortalidad.

Como era de esperar, las marchas masivas vistas en todo el mundo no fueron cubiertas por los medios internacionales como una forma de tratar de ocultar el malestar de las poblaciones de todo el mundo, y los millones que siguieron esas marchas a través de las redes sociales y algunos medios tradicionales que decidieron no ignorar las protestas.

Una de las estrategias más comunes a la hora de etiquetar a los que protestan contra las mentiras gubernamentales y globalistas es hacer una sopa de grupos con adjetivos que se asignan a los inconformistas.

Todos los artículos comienzan llamándolos teóricos de la conspiración, extremistas, anti-vacunas, seguidores del Tea Party, creyentes en la Tierra plana, seguidores de Trump, etc., como si tener una posición sobre cualquier tema polémico automáticamente descalificara a alguien que no esté de acuerdo con política gubernamental.

A diferencia de los crédulos que siguen ciegamente a un político, un partido político o una organización globalista, los que protestan en las calles para recuperar la normalidad no forman parte de un grupo homogéneo y conformado. Cada uno lucha por sus ideales, que es lo que debería suceder en una sociedad libre. Sin embargo, este es un motivo para ser condenado aún más por las publicaciones globalistas, que envían a sus pseudoperiodistas a infiltrarse en las protestas.

Estos mismos globalistas que critican las manifestaciones pacíficas contra la falsa pandemia sí aprueban las marchas que se utilizan para quemar y robar comercios, y atacar a ciudadanos que tienen opiniones disidentes. Están de acuerdo con que Antifa y Black Lives Matter ataquen ciudades, quemen establecimientos y destruyan propiedades privadas. Incluso llaman a estos matones “manifestantes pacíficos”. Por otro lado, es inaceptable para ellos que manifestantes verdaderamente pacíficos, que no están de acuerdo con las políticas globalistas de sus gobiernos, salgan a las calles para mostrar su oposición.

Para quienes creen que el gobierno mintió y sigue mintiendo sobre la pandemia, el llamado consenso científico no es suficiente, ya que la ciencia ha sido socavada por sus propios gobiernos y las entidades encargadas de utilizarla para educar a la población, en las escuelas, universidades y medios de comunicación. Una y otra vez, desde el cambio climático hasta las vacunas, desde el COVID hasta los huracanes, la ciencia ha sido manipulada para imponer agendas políticas de control sobre las poblaciones.

Los mismos medios que lloran la libertad de las personas para hacer sus propias investigaciones y cuestionar las versiones oficiales, algo que solía ser prerrogativa de los gobiernos y los medios corporativos, que son cómplices de las mentiras y campañas de miedo sin fundamento, efectivamente se han puesto una soga alrededor de sus cuellos.

Los grupos que siguen siendo llamados ‘marginales’ por los medios en realidad ya no lo son. Ya no son unos pocos que se agrupan en los rincones de sus barrios o ciudades para protestar. Ahora, los números de la mayoría silenciosa se cuentan por millones en todo el mundo, mientras que el número de crédulos disminuye en tamaño con el paso de los engaños perpetrados por los medios y los gobiernos.

Si realmente se cree que la democracia es el camino a seguir, no se puede pretender que la defensa de lo que es valioso para las personas sea un peligro para la democracia. Los verdaderos enemigos de la democracia son los que quieren limitar la disidencia, el pensamiento crítico y la protesta pacífica.

Las campañas masivas de desinformación sistemática llevadas a cabo por los medios de comunicación durante los últimos 100 años, a favor de los intereses corporativos y en contra de los intereses de las poblaciones, son los mayores peligros contra los sistemas democráticos.

La verdadera pandemia no es una pandemia de coronavirus, sino una pandemia de desinformación; y al igual que el virus, todos los que lo propaguen serán extinguidos por la creciente inmunidad colectiva contra la desinformación sistemática, la censura y el control mental.

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