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DOW Agroscience en Guerra contra los Campesinos 


Por GRAIN
6 Junio 2014

Los intentos globales de Dow AgroSciences por aprobar cultivos de soja resistentes al herbicida 2, 4-D han cobrado en los últimos meses una agresividad particular y se están dando en forma simultánea en varios de los países en el mundo que aceptaron en la década de los noventa la introducción de los transgénicos.

Estos impulsos a nuevos transgénicos son parte de una nueva escalada del agronegocio en su estrategia de hacer cada día a la agricultura más dependiente de sus agrotóxicos incrementando así sus ganancias por la venta de herbicidas. La situación vivida en los años noventa con la introducción de los cultivos rr (Roundup Ready, resistentes al glifosato) tiende ahora a replicarse con herbicidas más tóxicos y peligrosos y en muchos casos antiguos y profundamente cuestionados.

El argumento con el que se los publicita es la necesidad de incorporar transgénicos resistentes a otros herbicidas ante el surgimiento masivo de malezas resistentes al glifosato. Este hecho demuestra que en apenas 18 años este modelo de agricultura ha fracasado rotundamente ya que los transgénicos resistentes a herbicidas no han podido cumplir con el único objetivo con el que fueron creados (resistir a herbicidas mientras el resto de las malezas son destruidas).

Dow AgroSciences es una compañía multinacional con sede en Estados Unidos creada en 1897. Inicialmente se dedicó a la producción de productos químicos y desde 1989 y en asociación con Eli Lilly se propone combinar “los productos químicos líderes de The Dow Chemical Company con los de la división agrícola”. Comercializa el 2,4-D como herbicida bajo la marca registrada Frontline y en otras marcas lo combina con otros herbicidas.

Estados Unidos, Argentina, Brasil y Sudáfrica tienen en sus entes regulatorios varios expedientes para la autorización de una nueva soja transgénica resistente al herbicida 2,4-D. Con ritmos similares, los cuatro países avanzan hacia el otorgamiento de los permisos de cultivo comercial. Esta dinámica deja a la vista el actuar global de las corporaciones que se mueven como peces en el agua frente a instituciones absolutamente colonizadas por su poder y su discurso.

Los cuatro eventos de soja que Dow está impulsando incorporan resistencia a otros herbicidas (glufosinato de amonio y glifosato) además del 2,4-D.

La particularidad de la situación es que en este momento los movimientos sociales y las organizaciones campesinas han podido dar un paso adelante en la resistencia denunciando, movilizándose y actuando para frenar este nuevo atropello.

En Guerra contra los campesinos

2, 4 D son las siglas con que se conoce al ácido 2,4-diclorofenoxiacético. Es un herbicida sistémico hormonal, usado en el control de malezas de hoja ancha. Es muy común su aplicación en combinación con otros herbicidas. Fue desarrollado durante la II Guerra Mundial en Inglaterra y comenzó su comercialización en el año 1946.

Es tristemente célebre por haber sido parte del Agente Naranja (junto con el 2,4,5 T), que utilizó Estados Unidos en la guerra de Vietnam. La principal razón de los graves daños que provocó el Agente Naranja a miles de personas se debió a que tenía un contaminante cancerígeno y teratogénico (una dioxina) en el componente 2,4,5 T. Sin embargo el 2,4-D sigue asociado en su fabricación a la producción de dioxinas como posibles contaminantes.

Existen múltiples estudios que demuestran que es altamente tóxico, pese a ser clasificado como moderadamente peligroso (Clase II). Está ligado al aumento de casos de linfoma No Hodgkin entre agricultores y aplicadores en los Estados Unidos.2 Por este motivo fue sometido allí a un polémico proceso de revisión de 17 años. Este proceso culminó en junio del 2005 cuando los intereses económicos e industriales prevalecieron por sobre los cuestionamientos al producto y la EPA decidió volver a registrar el 2,4-D.

En cuanto a su mecanismo de acción el 2,4-D posee actividad hormonal y se lo ha asociado a su accionar en el organismo como disruptor endócrino.3

El 2,4-D es neurotóxico. Se absorbe con facilidad a través de la piel o por inhalación y puede causar daños al hígado, a los riñones, a los músculos y al tejido cerebral. El consumo oral de cantidades elevadas (100 a 300mg/kg de peso corporal para los mamíferos) y la absorción a través de la piel pueden causar la muerte. La exposición al 2,4-D, a sus formulaciones en ésteres y sales, se ha asociado a una diversidad de efectos adversos para la salud de los seres humanos y para distintas especies animales. Estos efectos van desde la embriotoxicidad y la teratogenicidad a la neurotoxicidad 2.

A este panorama se debe sumar el hecho de que las formulaciones comerciales del 2,4-D contienen coadyuvantes que poseen un alto grado de toxicidad 3.

Para poder evaluar los potenciales riesgos de la aprobación de esta nueva soja resulta imprescindible remitirnos a la experiencia de los últimos 18 años con la introducción de la soja transgénica resistente al glifosato. Las cifras para Argentina hablan de un crecimiento del uso de aproximadamente 220 millones de litros entre los años 1996 y 20134. En los Estados Unidos los reportes de Benbrook5 exponen un crecimiento de 239 millones de kilogramos para el periodo 1996-2011.

Es evidente que la autorización de cualquier evento transgénico resistente al 2,4-D producirá un crecimiento exponencial de su uso. Esta situación se agrava si se tiene en cuenta que además de la soja hay solicitudes para la aprobación de algodón y maíz resistentes a este herbicida. Y se torna aún mucho más seria si se considera que varias de las solicitudes incluyen resistencia a otros herbicidas (glifosato y glufosinato) en conjunto con la resistencia al 2,4-D.

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