Un año y medio después del inicio de la plandemia COVID y un año después del inicio de la mayoría de los confinamientos, el precio brutal de esta política drástica y arbitrária es demasiado obvio.

En medio de las maltrechas finanzas públicas, el aumento del desempleo y las quiebras comerciales generalizadas, sectores enteros de la economía se han visto devastados.

Al mismo tiempo, la calidad de vida de la mayoría de la población ha disminuido profundamente, al igual que la educación desde la primaria hasta el nivel universitario se ha visto socavada y se ha interrumpido la atención médica ajena a Covid.

Los países dominados por la propaganda sobre el Covid como el nuestro son una tierra desolada y antinatural donde todas nuestras libertades ordinarias están bajo ataque intenso por parte de políticos ignorantes y “expertos” de salud que sirven los intereses de las grandes farmacéuticas y no las de la población.

La mano dura de estas medidas ha sido desproporcionada con el nivel de amenaza y, lo que es peor, también han sido ineficaces, incluso contraproducentes.

A lo largo de esta larga llamada emergencia, el supuesto antídoto ha sido a menudo más dañino que la propia enfermedad.

La realidad es que Covid representa poco peligro para la gran mayoría de las personas menores de 60 años, sin embargo, toda nuestra sociedad se ha visto trastornada por una respuesta exagerada. Y las cicatrices durarán muchos años.

El año pasado, durante el primer confinamiento, escribí adviertiendo de las desastrosas consecuencias de paralizar el país via el autoritarismo en nombre de la “protección” pública.

Sobre la base de “un pánico alimentado por la ciencia dudosa”, dije, que la economía “se pondría en un coma inducido artificialmente”, con gran parte de la población “bajo arresto domiciliario efectivo”. Eso fue exactamente lo que sucedió.

Dada la escala potencial del daño a la salud y la riqueza de la nación, describí la postura del Gobierno como “imprudente e irracional”. Y eso fue antes de otros 10 meses de restricciones paralizantes.

Hoy, como deja en claro el análisis exhaustivo y deprimente, mis predicciones más oscuras se han cumplido.

Desde las artes hasta el sector minorista, el impacto de los cierres sucesivos ha sido catastrófico, acabando con más miles de empleos, generación de riqueza y sobre todo exterminando la salud de los costarricenses, quienes viven atormentados por algo invisible, que ni siquiera entienden, pero que suponen sea mortal, porque los medios de comunicación lo dicen.

La historia de la miseria creada por la burocracia, como se expone en el catálogo de negocios arruinados, deudas récord, penurias que empeoran y sueños desaparecidos, podría estar justificada si Covid hubiera representado una crisis verdaderamente letal, matando quizás al 10 por ciento de la población y amenazando a la población restante, o el mismo tejido de la sociedad.

Esta es una realidad que solo está en la cabeza de las personas neuróticas y los políticos hambrientos de poder, porque Covid no es nada como una amenaza a esta escala. Hasta ahora, el Covid ha supuestamente sido responsable por la muerte de poco más de 3 mil personas. Eso, si fuera científicamente comprobado, representa apenas 0.07% de la población.

Covid no es una nueva peste negra o gripe española, no importa cuantas historias personales, cargadas de fatalidad, sean transmitidas por las emisoras de radio o televisión.

Si Covid fuera una plaga, sería indiscriminado en sus objetivos. Todo el mundo estaría en riesgo, incluidos los niños y los adultos jóvenes sanos. Pero ese no es el caso.

Como ocurre con muchas enfermedades infecciosas, son principalmente los ancianos y las personas con enfermedades crónicas quienes están en riesgo.

De hecho, la edad promedio de las muertes por Covid es de más de 82 años, más alta que la edad promedio de muerte por todas las otras causas. Y entre los que contraen la enfermedad, en varios grupos, cuando analizados por edad, solo dos de cada 1.000 – o menos – mueren. Eso representa un 0.02%

Tan pronto como se hicieron evidentes, tales hechos deberían haber sido parte del debate más amplio sobre nuestra respuesta al Covid.

Pero, lamentablemente, vivimos en un clima de alarmismo y desinformación.

Según datos de las Naciones Unidas, en nuestro país, el número de muertes apenas si ha aumentado entre 2019, el año previo a la plandemia y 2021. Hemos pasado de un total de 5122 muertos en 2019 a 5273 hasta este punto en 2021.

Según el diario La Republica, en 2020 se registró una tasa de mortalidad menor a la de años anteriores a pesar del fraudulento estado de emergencia promovido por la burocracia costarricense y los medios de comunicación locales.

Mientras en 2019 la tasa quedo en 480, en 2020, un año pleno de histeria y desinformación, esa misma tasa de mortalidad apenas alcanzó 451. Pero hasta para esto los medios de comunicación culpan al Covid.

De forma interesante, parece que en nuestro país, entre 2020 y 2021, se acabaron las muertes por enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes, y otras, que cada año acaban con vidas de pacientes en sus casas y hospitales.

Si bien cada muerte es una tragedia para las familias en duelo, una tasas de muerte del 0.07% no me parece una cifra particularmente impactante, especialmente porque algunas de esas muertes fueron causadas por los propios confinamientos.

Como ya se sabe muy bien, más del 80% de los supuestos casos de Covid son registrados dentro de las llamadas burbujas sociales, o sea, dentro de casas donde los miembros de las familias comparten espacios cerrados.

Irónicamente, las burbujas sociales han sido calificadas como la forma más segura de no aumentar los casos de Covid, mientras que se demanda que usemos mascaras al aire libre y mientras practicamos deporte, por ejemplo.

Algunos apuntan al número de muertos de Covid, ahora más de 3000 como alarmante, pero el gobierno se escuda en el número de casos diarios, semanales o mensuales para cerrar servicios básicos como gimnasios y centros educativos.

Nunca se explica que, del total de supuestos casos confirmados, solo una minoría requiere de atención hospitalaria y que como en muchos lugares del mundo, la gran mayoría de los casos después se reportan silenciosamente como recuperados.

De un total oficialmente registrado de 154 mil casos, más de 90 mil son recuperados, mientras que al día de hoy, casi 60 mil se recuperaran en las siguientes semanas.

Para tener un poco de perspectiva, de lo cual vemos poco en los medios tradicionales, según el propio Ministerio de Salud, más de 2100 personas mueren al año por enfermedades asociadas al tabaquismo en Costa Rica. Covid es responsabilizado, desde su inicio, por 3200 muertes.

¿A dónde se fueron esas muertes por tabaquismo? Se esfumaron, parece.

La pregunta más importante que pocos se hacen es, ¿que parte del alarmismo por el Covid se debe a la forma como se calcula el total de muertes por Covid?

Hay una gran diferencia entre morir directamente de Covid y morir después de dar positivo por Covid. Otras enfermedades pueden ser responsables. En particular, nunca antes habíamos registrado muertes respiratorias de esta manera; no por gripe, no por pulmonías, y ni siquiera por el uso de tabaco.

Entonces, con un año peor que desperdiciado, las autoridades pueden tener un gran interés en exagerar la incidencia y la letalidad de la enfermedad. De manera similar, pueden estar interesados ​​en jugar con la efectividad de sus medidas de cierre y distanciamiento social enormemente paralizantes, para las cuales hay muy poca evidencia científica sólida.

Un ejemplo es la decisión de cerrar repetidamente el comercio de la hotelería, los gimnasios, los parques donde juegan los niños, cuando los estudios muestran que es menos probable que un individuo se contagie con lo que se llama Covid en los pubs que en los supermercados, que han permanecido completamente abiertos durante la pandemia.

De hecho, no existe ninguna investigación autorizada que revele una correlación clara entre el uso de confinamientos y la prevención de picos virales.

El Culto COVID

En 2021, los burócratas continuan erosionando los derechos naturales inalienables, los medios de vida de las personas y la libertad humana con su estela destructiva.

Las funcionarios del ministerio de salud mantienen que es necesario usar mascarillas. Faltará poco para que nos digan que hay que usar dos mascarillas al mismo tiempo, como lo han hecho en otros países.

Estas son las mismas autoridades que nunca nos han mostrado el aislamiento del virus del presunto SARS-CoV-2.

Las consecuencias de este gigantesco fraude son de gran alcance. El culto COVID parece estar permitiendo a los manipuladores llevar a cabo prácticas que en una sociedad pensante se igualarían a un genocidio.

Debemos darnos cuenta de que la estafa del COVID no va a ninguna parte. Solo va a empeorar hasta que suficientes personas se pongan de pie y lo desafíen.

Si las masas continúan actuando como zombis condescendientes, esta falsa pandemia puede prolongarse hasta el 2025, “Pandemia II” como lo ha dicho Bill Gates.

En el caso del Covid  como en muchos otros casos en el pasado, los límites de los tiranos están prescritos por la resistencia de aquellos a quienes oprimen.

Los tiranos miden hasta dónde pueden empujar a la población a aceptar su control y tiranía, y la abrogación de sus derechos.

El Banco Mundial clasifica a COVID como un “proyecto” que está previsto que continúe hasta finales de marzo de 2025.

Las vacunas no son la solución

Un asilo de ancianos de Kentucky informa que la mayoría de sus residentes que fueron vacunados contra el coronavirus de Wuhan dieron “positivo” en un “brote” reciente.

De los 26 residentes positivos 20 de ellos todavía de alguna manera “contrajeron” el virus. Cuatro miembros del personal sanitario completamente vacunados que trabajan en la instalación también dieron positivo después de sus inyecciones.

Todas estas personas, tanto residentes como trabajadores, habían recibido ambas dosis de la inyección de Pfizer-BioNTech al menos cuatro semanas antes del brote. El gobierno afirma que solo se necesitan dos semanas para que las vacunas se “activen” y comiencen a “funcionar”.

En el momento en que ocurrió el brote, 79 de los 83 residentes del asilo de ancianos ya habían sido inyectados. La forma en que ocurrió un brote es anómala, ya que más del 90 por ciento de los residentes habían recibido ambas dosis de la inyección de Pfizer-BioNTech mucho antes.

Lo que sugiere este fenómeno es que estas vacunas no funcionan como se afirma. El gobierno nunca admitirá esto, por supuesto, pero no hay otra explicación lógica que no sea que las vacunas son un fracaso.

Francia e Italia tuvieron cierres completos el año pasado, pero ahora se ven afectados por una tercera ola de infecciones. Por el contrario, algunos estados de EE. UU. permanecieron abiertos en gran medida sin devastación. Ese es el caso de Florida, Texas, Dakota del Sur y otros, cuyos gobernadores han eliminado por completo las medidas restrictivas y el uso de mascarillas.

Lo que es seguro es el daño causado por los cierres en todos los frentes, incluido el colapso económico, la mala salud mental, el descuido inhumano de los ancianos y las relaciones familiares dislocadas.

La mayor paradoja de nuestra obsesión por Covid es que ha socavado otras formas de atención médica al distorsionar las prioridades del sistema de salud, que a propósito, ha sido mal preparado para cualquier tipo de emergencia médica.

Después de un año y medio de Covid alarmismo, todavía el gobierno nos dice que la culpa de los contagios es de los ciudadanos, cuando de todos los abusos arbitrarios cometidos contra la población, ninguno logró frenar el contagio.

Las iniciativas presentadas hasta hoy por los funcionarios de salud son vulgares escaparates para aparentar que se hace algo.

Trágicamente, decenas de miles de afecciones graves, incluido el cáncer, no han sido diagnosticadas, mientras que los tratamientos se retrasan, las operaciones se abandonan y los programas de detección se reducen.

A algunos expertos les gusta hablar de ‘Covid prolongado’, que es un síndrome posvírico, como ocurre con muchos otros virus, pero mucho más preocupante es el impacto social y económico a largo plazo de las restricciones, especialmente para las personas más jóvenes, que han visto su educación interrumpida y sus carreras destrozadas.

En medio de toda la angustiosa propaganda que ha respaldado la política estatal, ha habido una grave falta de perspectiva racional y equilibrada.

No podemos tener un mundo sin Covid, al igual que no podemos eliminar todos los riesgos de nuestras vidas. Ha llegado el momento de volver más rápidamente a la normalidad y de poner fin con valentía a esta pesadilla causada por los alarmistas políticos que buscan acumular más poder y el establecimiento médico que busca imponer medidas opresoras sin objetivos claros a ser alcanzados.

¿Recuerdan al inicio? Quince días de cierre total para aplanar la curva. Después, un mes para reducir el contagio. Luego, no use mascarillas porque es contraproducente – y lo era y lo continua siendo -, para que luego cambiaran de opinión e impusieran un mandato que carece de toda evidencia científica.

A casi un año y medio de haber iniciado la pesadilla, lo único claro es que no hay luz al final del túnel, porque nunca se trabajó para que esto se acabara. Como bien lo hace el gobierno en materia económica y fiscal, se está pateando la lata para que otro se haga cargo.

La única forma de volver a la normalidad, como lo ha hecho Florida y Texas es volviendo a la normalidad. Los vulnerables deben ser protegidos y los saludables a vivir nuestras vidas, estudiando, trabajando, viajando…

Ninguna restricción impuesta a la fuerza, como ya lo hemos comprobado, terminará con el Covid, como no lo ha hecho con la gripe, el cancer, el sida o la diabetes.

Lo que si terminarán son las vidas de los niños, que no pueden ir a la escuela sin tener que usar una mascarilla, aunque no sea científicamente valido usarla. Las vidas de los adultos jóvenes, que no encuentran trabajo y que ni siquiera pueden aprender normalmente. La vida de miles que sufren de trastornos mentales por el miedo diariamente inculcado por los medios de comunicación y los alarmistas como Carlos Alvarado, la Unión Médica Nacional de Costa Rica, el Ministro de Salud, Daniel Salas y  los idiotas útiles que dan credibilidad a rumores que no tienen justificación científica y que de hecho hace mucho tiempo fueron desacreditados.

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