|Saturday, September 21, 2019
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Tratado de Maastricht obliga a miembros de la UE y la OTAN a aplicar sanciones Estadounidenses 


A partir de la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, todos los países miembros de ‎la Unión Europea (incluso países neutrales) han sometido su defensa nacional al dictado ‎de la OTAN, que a su vez sigue las órdenes de Estados Unidos.

Así que cuando ‎el Pentágono asigna al Departamento del Tesoro la misión de poner bajo asedio ‎económico a los países que quiere aplastar, todos los miembros de la Unión Europea y ‎de la OTAN se ven obligados a aplicar las sanciones estadounidenses.

Después de haber perdido la mayoría en la Cámara de Representantes –como resultado de las ‎elecciones mid term [1]–, el presidente Donald Trump tuvo que ‎aceptar nuevas alianzas para evitar que el fiscal Mueller lo acusara de alta traición [2]. Es por eso que Trump se pliega ahora a los objetivos de ‎sus generales. Así que el imperialismo estadounidense está de regreso [3].‎

En menos de 6 meses, se reactivaron las bases anteriores de las relaciones internacionales de ‎Estados Unidos. La guerra que Hillary Clinton se había comprometido a desatar está ‎finalmente en marcha, pero no sólo mediante la fuerza militar. ‎

Este cambio en las reglas del juego, que no tiene equivalente desde el final de la Segunda ‎Guerra Mundial, obliga a todos los actores a revisar de inmediato su estrategia y, por ende, ‎todos los dispositivos de alianza en los que venían apoyándose. Quienes demoren en hacerlo han ‎de pagar las consecuencias. ‎

Guerra económica declarada

Las guerras seguirán siendo mortíferas y crueles pero para Donald Trump, hombre de negocios ‎antes de convertirse en político, es preferible que sean lo menos costosas posible. O sea, ‎es preferible matar con medidas de presión económica que hacerlo utilizando armas… que ‎cuestan mucho más caro. Dado el hecho que Estados Unidos ya no mantenía relaciones ‎comerciales con los países a los que agrede, el costo financiero de esas guerras “económicas” (y ‎hay que entender que a pesar de ser “económicas” son realmente “guerras” en todo el sentido ‎de la palabra) cae en realidad sobre los hombros de terceros países, sin que el Pentágono tenga ‎que gastar ni un centavo de su presupuesto. ‎

Es por eso que Estados Unidos acaba de decidir poner bajo asedio económico a Venezuela [4] y Nicaragua [5] y reforzar todavía más el bloqueo comercial y financiero implantado contra Cuba ‎desde 1960 [6]. Los medios masivos de difusión ‎presentan esas medidas como «sanciones» –sin explicar nunca qué derecho tendría Washington ‎para sancionar a países enteros– pero bajo ese término esconden el hecho que esas medidas son ‎verdaderos actos de guerra y que provocan muertes. ‎

Al anunciar sus «sanciones» contra Venezuela, Nicaragua y Cuba, Washington invoca ‎explícitamente la «Doctrina Monroe», de 1823, según la cual ninguna potencia extracontinental ‎tiene derecho a «intervenir» en las Américas y Estados Unidos se abstendrá de intervenir en ‎Europa Occidental. La única respuesta vino de China, país que señaló que las Américas no son ‎propiedad de Estados Unidos. ‎

Hoy en día, Estados Unidos mantiene bajo «sanciones» una veintena de países: Bielorrusia, ‎Birmania, Burundi, Corea del Norte, Cuba, la Federación Rusa, Irak, Líbano, Libia, Nicaragua, la ‎República Árabe Siria, la República Bolivariana de Venezuela, la República Centroafricana, la ‎República Democrática del Congo, la República Islámica de Irán, Serbia, Somalia, Sudán, Sudán del ‎Sur, Ucrania, Yemen y Zimbabwe, que conforman por cierto un mapa bien definido de los ‎conflictos que el Pentágono dirige, con ayuda del Departamento del Tesoro. ‎

Como se estipulaba en la «Doctrina Monroe», ninguno de los países objeto de las «sanciones» ‎estadounidenses está en Europa Occidental. Todos están en el Medio Oriente, en el este de ‎Europa, en la Cuenca del Caribe y en África. Desde 1991, esas regiones del mundo aparecen ‎mencionadas por el entonces presidente George Bush padre en su Estrategia de Seguridad ‎Nacional como destinadas a ser integradas al «Nuevo Orden Mundial» [7]. En 2001, al estimar que esos países ‎no pudieron o no quisieron someterse, el entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su ‎consejero para «la transformación» de las fuerzas armadas, el almirante Arthur Cebrowski, ‎decidieron sancionarlos y condenarlos al caos [8].‎

En este punto, es necesario subrayar nuevamente que la expresión «guerra económica» ha sido ‎utilizada desde hace décadas de manera totalmente inapropiada para designar una competencia ‎exacerbada. Hoy en día una «guerra económica», lejos de ser una simple cuestión de ‎competencia, es una verdadera guerra, con objetivos militares y para matar. ‎‎

Reacciones de los países víctimas y las reacciones inapropiadas de los aliados de ‎Estados Unidos

Los sirios, que acaban de ganar una guerra militar de 8 años contra los mercenarios yihadistas de ‎la OTAN, están desconcertados por esta guerra económica que los obliga a imponerse un racionamiento estricto ‎de la electricidad, del gas y del petróleo y que provoca el cierre de fábricas que acababan ‎precisamente de reabrir sus puertas. Su único alivio es pensar que al menos no sufrieron los dos ‎tipos de guerra simultáneamente. ‎

Los venezolanos están aprendiendo con espanto el verdadero significado de la expresión «guerra ‎económica» y dándose cuenta de que, tanto con el aventurero Juan Guaidó como con el ‎presidente constitucional Nicolás Maduro, van a tener que luchar duramente por conservar un ‎Estado, aunque sea un «Leviatán» pero que sea capaz de protegerlos [9].‎

Las estrategias de los Estados que son blanco de la guerra económica acaban viéndose afectadas. ‎Por ejemplo, al no lograr encontrar quien le venda los medicamentos que necesita, Venezuela ‎acaba de concluir un acuerdo con Siria, país que antes de la agresión armada externa fue un ‎importante productor y exportador de medicinas. En la importante ciudad siria de ‎Alepo han sido reconstruidas fábricas de productos farmacéuticos que habían ‎sido destruidas por Turquía y por los yihadistas. Esas fábricas acababan de reabrir sus puertas, pero van a tener que cerrar de nuevo por falta de la ‎electricidad necesaria para su funcionamiento. ‎

La multiplicación de los escenarios de guerra –y por consiguiente de las llamadas «sanciones»– ‎empieza a plantear graves problemas a los aliados de Estados Unidos, como la Unión Europea. ‎Este bloque regional ve con gran desagrado las amenazas que Estados Unidos hace pesar sobre las empresas europeas que han invertido en Cuba y, recordando las acciones estadounidenses ‎tendientes a impedir que los países de Europa estén presentes en el mercado iraní, ha reaccionado ‎amenazando con recurrir al arbitraje de la Organización Mundial del Comercio (OMC). ‎No obstante, como veremos de inmediato, este acto de rebelión de la Unión Europea está ‎condenado al fracaso porque Washington lo previó hace 25 años. ‎‎

La Unión Europea atrapada en una trampa

Previendo que, ante el hecho de no poder comerciar con quien le parezca, la Unión Europea ‎llegara reaccionar algún día como hoy lo hace, la administración de George Bush padre elaboró ‎la ‎«Doctrina Wolfowitz»‎, ‏que ‎ha consistido en garantizar ‏que los países del centro y del este de ‎Europa carezcan de una defensa propia independiente haciendo que la defensa de esos países sea ‎únicamente autónoma [10]. Es por eso que ‎Washington castró a la Unión Europea desde el nacimiento mismo de ese bloque regional ‎imponiéndole una cláusula primordial en el Tratado de Maastricht: la sumisión a la OTAN, y no me ‎refiero al Mercado Común sino específicamente a la Unión Europea. ‎

Basta con recordar el respaldo constante de la Unión Europea a todas y cada una de las aventuras ‎del Pentágono –Bosnia Herzegovina, Kosovo, Afganistán, Irak, Libia, Siria y Yemen. En todos los ‎casos, sin excepción, la Unión Europea se alineó detrás de su superior inmediato: la OTAN. ‎

El interés de imponer a los europeos esta relación de vasallaje fue lo único que justificó la ‎disolución de la Unión Europea Occidental (UEO) [11] y lo único que llevó a Trump a renunciar a su ‎proyecto de disolver la organización militar permanente de la alianza atlántica. Sin la OTAN, la ‎Unión Europea sería independiente de Estados Unidos.‎

Es cierto que los tratados en vigor estipulan que todo tiene que hacerse de conformidad con la ‎Carta de las Naciones Unidas.

- Pero, por ejemplo, el 26 de marzo de 2019, Estados Unidos “reconoció” una supuesta soberanía ‎de Israel sobre el Golán sirio ocupado, desconociendo así las resoluciones que antes había ‎aprobado en el Consejo de Seguridad de la ONU. O sea, Estados Unidos simplemente cambió de ‎opinión inesperadamente, poniendo así en tela de juicio el Derecho Internacional [12].‎
- Otro ejemplo: Esta misma semana Estados Unidos se pronunció a favor del general Khalifa ‎Haftar –según anunció la Casa Blanca el 19 de abril, el presidente Trump incluso lo llamó por ‎teléfono para expresarle personalmente su respaldo– contra el gobierno creado en Libia por ‎la ONU [13]. A partir de ese momento, los países miembros de la Unión Europea han ‎venido pronunciándose uno a uno a favor del general. ‎

Los tratados constitutivos de la Unión Europea impiden que ese bloque regional pueda liberarse de ‎la OTAN, lo cual equivale a no poder independizarse de Estados Unidos ni convertirse así en una verdadera potencia. Las protestas de la Unión Europea ante las «sanciones» ‎estadounidenses contra Irán y ahora también contra Cuba están por consiguiente condenadas ‎de antemano al fracaso. ‎

Contrariamente a la idea generalizada, las acciones de la OTAN no se deciden en el Consejo del ‎Atlántico Norte, o sea no las deciden los países miembros de la alianza atlántica. Prueba de ello ‎es que, en 2011, el Consejo del Atlántico Norte –que había aprobado una acción tendiente a ‎proteger a la población libia de los crímenes que Kadhafi estaba supuestamente a punto de cometer ‎contra ella– se pronunció contra un «cambio de régimen», pero la OTAN atacó Libia ‎sin consulta previa. ‎

Los países miembros de la Unión Europea, que durante la guerra fría constituían un bloque con ‎Estados Unidos, ahora descubren con sorpresa que su cultura no tiene nada que ver con la de su ‎aliado estadounidense. Durante todo aquel paréntesis, se olvidaron tanto de su propia cultura ‎como del «excepcionalismo» estadounidense y creyeron erróneamente que estaban todos de ‎acuerdo. ‎

Los países europeos, incluso en contra de su voluntad, hoy son corresponsables de las guerras de ‎Washington, incluyendo –por ejemplo– la hambruna que enfrenta Yemen, resultado de las ‎operaciones militares de la coalición conformada alrededor de Arabia Saudita y de las sanciones ‎estadounidenses. Las naciones de Europa tendrán por lo tanto que escoger entre asumir esos ‎crímenes y participar en ellos o retirarse de los tratados constitutivos de la Unión Europea. ‎

La globalización ha llegado a su fin

Las posibilidades de comercio internacional han comenzado a reducirse. No se trata de una crisis pasajera sino de ‎un fenómeno de fondo. Ha terminado el proceso de globalización que caracterizó el mundo ‎desde la disolución de la URSS hasta las elecciones legislativas estadounidenses de 2018. Se ha hecho imposible exportar libremente a cualquier lugar del mundo.‎

China es el único país que aún tiene esa capacidad, pero el Departamento de Estado está creando ‎los medios para cerrarle el mercado latinoamericano. ‎

En esas condiciones, ya no tienen razón de ser los debates sobre las ventajas que pueden ‎revestir el libre intercambio o el proteccionismo dado el hecho que ya no estamos viviendo una ‎época de paz y que no es posible optar entre el primero o el segundo. ‎

Exactamente de la misma manera, la estructura de la Unión Europea, concebida en una época en ‎que el mundo estaba dividido en dos bloques irreconciliables, ya no se adapta en los ‎más mínimo a la situación actual. ‎Si no quieren que Estados Unidos los arrastre a participar en conflictos que ‎no corresponden a sus intereses, los países miembros de la Unión Europea tienen que liberarse de los ‎tratados europeos y salir del Mando Integrado de la OTAN. ‎

Debido a todo eso es totalmente inadecuado abordar las elecciones europeas como una oposición entre progresistas y nacionalistas [14]. ‎La disyuntiva es otra. Los progresistas dicen querer construir un mundo regido por el Derecho ‎Internacional, ese que Estados Unidos quiere erradicar, mientras que algunos nacionalistas, como ‎la Polonia de Andrzej Duda, se preparan para servir a Estados Unidos en contra de los partidarios ‎de la Unión Europea. ‎

Sólo algunos británicos presintieron el cambio actual y trataron de salir de la Unión Europea, ‎sin haber logrado convencer a sus parlamentarios. Dicen que «Gobernar es prever». Pero la ‎mayoría de los miembros de la Unión Europea no vieron lo que se les venía encima. ‎

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About the author: Thierry Meyssan

French intellectual, founder and chairman of Voltaire Network and the Axis for Peace Conference. His columns specializing in international relations feature in daily newspapers and weekly magazines in Arabic, Spanish and Russian. His last two books published in English : 9/11 the Big Lie and Pentagate.

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